Misión, vida y fe en las alturas
Leontina Elisa Melano, MD
Las periferias existenciales y las periferias geográficas son variadas: migrantes, ancianos, pueblos asentados en un basural o en lugares desérticos de alta montaña. Este último es el caso del pueblo Colla, que en Argentina, desde hace miles de años, habita el altiplano de la provincia de Jujuy – también llamado puna, en quechua: tierra alta – entre los 3.500 y los 5.800 msnm.
La región es caracterizada por los extremos: grandes planicies rodeadas de cerros con poca vegetación, donde las temperaturas invernales, oscilan entre los -28°C y los 20°C, vientos fuertes, nevadas en verano y largas distancias que separan las pequeñas poblaciones que permanecen aún hoy.
La vida se desarrolla en sintonía con la realidad geográfica. Los lugareños lo reconocen, lo valoran y lo transmiten. Sergio (48) oriundo de Lagunillas del Farallón y animador de la comunidad católica lo expresa así: “Mi deseo es vivir siempre acá. Criar el ganado, en el campo, donde no se paga nada, mientras que en la ciudad todo es dinero. Eso le inculqué a mis hijas: cómo se vive en el campo, cómo se cocina…, ellas lo vivieron y yo se los enseñé. También, el sufrimiento de acá: el frío, el traslado, cargar los animales, caminar.”
El reconocimiento de la pre-existencia y de los derechos de los pueblos originarios en la Constitución Nacional, fue un proceso lento que se consolidó en 1994. También para ellos, fue gradual. Reconocerse desde su identidad andina, cultura, espiritualidad y costumbres, no es fácil, ya que en variadas oportunidades, esto puede ser motivo de discriminación.
Al mismo tiempo, se valora y disfruta: “ser terruño – del lugar – con los modos propios de vivir, de estar en la tierra, es ser colla. ¡Yo soy bien colla!” exclama Delma con alegría, de la comunidad de Potrero de la Puna. “El campo es vida, el ganado es una familia más en casa, porque no es fácil vivir sola (…) Estoy muy contenta porque he sabido valorizar el lugar donde nací”, la opción de vivir desde los valores ancestrales transmitidos tiene también sus dificultades.
En medio de estos pueblos, desde el 2012, vive una comunidad religiosa de las Misioneras Diocesanas. El sueño de ser una iglesia en permanente salida y de permanecer junto al pueblo, fue parte del motor para abrirse a la nueva misión en la Prelatura de Humahuaca.
Los desafíos fueron grandes desde el principio: “Encontrarnos, dentro del mismo país, con una cultura y cosmovisión totalmente diferente, de la vida, del tiempo, de la tierra. Lleva años poder ir comprendiendo…” relata la hna. Andrea Landetcheverry Superiora General en el momento de la fundación y que desde 2024 forma parte de la comunidad.
A los largo de los años, las hermanas – junto a los laicos de las comunidades y a los Obispos – fueron buscando nuevas maneras de presencia en el lugar, en una constante escucha a la realidad y al sueño de Dios para la Prelatura: ser una iglesia más autóctona, con características propias.
Hoy, esta comunidad de las Misioneras Diocesanas, tiene la tarea pastoral de animar dos parroquias rurales que no tienen sacerdote, conformadas por 50 pueblos. La hna. Andrea explica: “El desafío es seguir escuchando y buscando dar una respuesta a la necesidad de hoy. (…) la misión actual es nuestro aporte femenino. Un modo que tenemos de estar presentes, de ser iglesia, de escuchar, de generar comunidad. Ser compañeras, cercanas.”
En su primera exhortación apostólica, Dilexi te, el Papa León XIV, afirma: “Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón.” Estas hermanas, como tantas otras de diversas congregaciones religiosas, son testigos de todo esto.
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