León XIV: La Iglesia debe ser clara al rechazar lo que mortifica la vida, la guerra y la violencia
Alina Tufani Díaz- Ciudad del Vaticano
El Papa, en su catequesis de este miércoles en la Plaza de San Pedro, reiteró, como lo hicieron los Padres conciliares en la Lumen Gentium, que la Iglesia custodia la esperanza que ilumina el camino hacia la “meta final”, el anuncio del Reino, de amor, de justicia y de paz, la patria celeste y, para ello, está llamada a una conversión y renovación constantes, acompañando al pueblo peregrino de Dios, denunciando el mal en todas sus formas y anunciando, con palabras y obras, la salvación que Cristo quiere realizar para toda la humanidad.
El Reino de Dios es el horizonte final
Siguiendo su serie de catequesis dedicada a la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, León XIV se detiene en el capítulo VII para destacar su dimensión escatológica, para aclarar que, a pesar de ser un aspecto muchas veces descuidado o minimizado, la dimensión esencial del camino de la Iglesia en el plano terrenal está siempre orientado hacia la meta final, que es la patria celeste.
La Iglesia es el pueblo de Dios en camino en la historia; el fin de todo su obrar es el Reino de Dios. Jesús dio comienzo a la Iglesia precisamente anunciando este Reino de amor, de justicia y de paz. Por ello, estamos llamados a considerar la dimensión comunitaria y cósmica de la salvación en Cristo, y a dirigir la mirada a ese horizonte final, para medir y evaluar todo desde esa perspectiva.
Una promesa de plenitud de vida y paz
Una Iglesia al servicio de la llegada de Reino de Dios al mundo, explica el Pontífice, anuncia esa promesa y la anticipa en la celebración de los Sacramentos, especialmente, de la Eucaristía, que es lugar y medio donde la unión con Cristo se realiza “más estrechamente”, así como la salvación es donada por Dios en el Espíritu Santo. De allí, la afirmación de la Lumen Gentium: la Iglesia es “sacramento universal de salvación”, es decir, signo e instrumento, germen e inicio, de esa plenitud de vida y de paz prometida por Dios.
Por eso, los creyentes en Cristo caminan por esta historia terrena, marcada por la maduración del bien, pero también por injusticias y sufrimientos, sin caer en ilusiones ni en la desesperanza: viven orientados por la promesa recibida de «Aquel que hace nuevas todas las cosas»
La esperanza entre el “ya y el “aún no” de la promesa
En esta perspectiva, León XVI insiste en que la Iglesia realiza su misión entre el “ya” del inicio del Reino de Dios en Jesús, y el “aún no” del cumplimiento prometido y esperado, su mensaje de esperanza, su proximidad al sufrimiento humano
La Iglesia custodia una esperanza que ilumina el camino, y tiene también la misión de pronunciar palabras claras para rechazar todo lo que mortifica la vida e impide su desarrollo, y para tomar posición a favor de los pobres, los explotados, las víctimas de la violencia y de la guerra y de todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu.
Una Iglesia en constante conversión y renovación
Al denunciar el mal en todas sus formas y anunciando con obras y palabras la salvación de Cristo, puntualiza el Santo Padre, la Iglesia no se anuncia a sí misma, al contrario, en ella todo debe remitir a la promesa de salvación, reconociendo “humildemente” la fragilidad humana y la caducidad de sus propias instituciones.
Ninguna de las instituciones eclesiales puede ser absolutizada; es más, como viven en la historia y en el tiempo, están llamadas a una conversión constante, a la renovación de las formas y a la reforma de las estructuras, a la continua regeneración de las relaciones, de modo que puedan responder verdaderamente a su misión.
De la existencia terrena al Reino en el horizonte
El Papa, al concluir, recuerda que en el horizonte del Reino de Dios, los cristianos deben comprender que tanto los que hoy están cumpliendo su misión y todos los que ya han concluido su existencia terrenal, “están en un estadio de purificación o de bienaventuranza”, forman una única Iglesia, en comunión de los bienes espirituales, unidos en Cristo.
Rezando por los difuntos y siguiendo las huellas de quienes ya vivieron como discípulos de Jesús, también nosotros recibimos ayuda en nuestro camino y reforzamos la adoración a Dios: marcados por el único Espíritu y unidos en la única liturgia, junto con aquellos que nos han precedido en la fe, alabamos y damos gloria a la Santísima Trinidad.
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