El arzobispo Grušas: apoyar los esfuerzos diplomáticos con la oración
Cecilia Seppia – Ciudad del Vaticano
El mal no es ilimitado. La violencia no es omnipotente. La guerra no es la última realidad. Las palabras del presidente de los obispos europeos, monseñor Gintaras Grušas, son un himno a la paz y una advertencia para redescubrir la fuerza de la oración y la misericordia de Dios, en un mundo desgarrado por la guerra y el miedo. La ocasión es una celebración eucarística que el arzobispo presidió el pasado 9 de marzo, en el Santuario de la Divina Misericordia de Vilna, en el marco de la Cadena Eucarística, la iniciativa cuaresmal del CCEE (Consejo de Conferencias Episcopales de Europa) que une a todas las Iglesias europeas en la oración por la paz en Ucrania, Tierra Santa y otras zonas de conflicto.
El mal no tiene la última palabra
Por lo tanto, en la homilía de monseñor Grušas, la paz es una intención especial, pero también el camino necesario que hay que seguir en las acciones. Reflexionando sobre la historia bíblica de Naamán, el arzobispo observó que Dios a menudo obra a través de lo que parece pequeño o sencillo. Del mismo modo, la oración por la paz puede parecer insignificante, pero es esencial. En particular, se detuvo en el significado de Vilna en el mensaje de la Divina Misericordia dado a santa Faustina Kowalska: «Vilna —dijo— es la ciudad donde, a través de santa Faustina, el mundo volvió a escuchar el mensaje de la misericordia de Dios. Aquí se pintó el cuadro de Jesús Misericordioso. Aquí se recordó de nuevo la verdad de que el mal no tiene la última palabra».
El mundo sangra
Reconociendo la importancia de los esfuerzos políticos y diplomáticos que se están realizando actualmente para silenciar las armas en toda la región de Oriente Medio, el presidente del CCEE advirtió que, sin la oración, «no son más que esfuerzos humanos sin la luz de Dios». La oración por la paz, que une a las conferencias episcopales no solo del Viejo Continente, sino también de otros organismos del mundo, no debe subestimarse. Citando el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del Papa León XIV, recordó a los fieles que «antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino». En el Santuario de la Divina Misericordia, este mensaje resuena de manera especial. Como enseñaba San Juan Pablo II, la Divina Misericordia es, de hecho, la fuerza que pone límite al mal en el mundo: «El mal no es ilimitado. La violencia no es omnipotente. La guerra no es la última realidad. La misericordia de Dios es más fuerte». Al fijar la mirada en la situación actual de muerte y peligro para tantas personas, el prelado reconoció el sufrimiento causado por los conflictos en curso: «Hoy el mundo está nuevamente herido. Ucrania sufre. Tierra Santa sangra. Muchos conflictos permanecen en la sombra», pero la oración por la paz nunca es inútil, nunca es insignificante, sino que «cada corazón que invoca a Dios se convierte en un lugar donde se pone límite al mal. La paz comienza en un corazón que permite que Dios lo purifique».
Congreso Apostólico Mundial de la Misericordia
Al término de la misa, monseñor Grušas invitó además a los fieles al próximo Congreso Apostólico Mundial de la Misericordia, que se celebrará en Vilna del 7 al 12 de junio de 2026 con el lema «Construir la ciudad de la misericordia». El encuentro reunirá a creyentes de todo el mundo en la capital lituana para reflexionar más profundamente sobre el significado de la misericordia de Dios y unirse en oración por un mundo reconciliado. El arzobispo concluyó expresando su esperanza de que la cadena eucarística de oración en toda Europa, junto con las oraciones que se ofrecerán durante el próximo congreso, contribuya a traer una profunda renovación espiritual: «Que la misericordia de Dios, que pone límite al mal, sane hoy las heridas del mundo», fue su exhortación final.
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