Las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús al servicio de las personas con VIH/SIDA
Sr. Dorothée Sindani, RSCJ
En este mundo, al mismo tiempo bendecido y herido, algunas personas viven con VIH en silencio, marcadas por el sufrimiento interior, por el miedo al rechazo, la vergüenza por la propia condición y por el peso del juicio de los otros. Recibir un diagnóstico de VIH sigue siendo una doble prueba: el dolor físico y la estigmatización. Así, muchas personas prefieren permanecer en silencio, esconder la propia condición, por miedo a ser rechazados por la familia o la sociedad. Entre apoyo médico y acompañamiento espiritual, a través del grupo “Amigas de Sofía”, estas mujeres consagradas, transforman la desesperación en un nuevo inicio.
Una misión de compasión y de acompañamiento integral
Inspiradas por el carisma de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, símbolo del amor misericordioso de Jesús, las hermanas ofrecen acogida a las personas que viven con VIH, sin juzgarles. A través de sencillos gestos cotidianos y una escucha atenta, ellas recuerdan que la enfermedad no define el valor de una persona.
Esta ayuda de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús se articula sobre la preservación de la dignidad humana de frente a la enfermedad, ofreciendo apoyo moral y material tanto a los adultos como a los niños todavía no conscientes de su condición.
Este grupo nació oficialmente en 2019. Pero ya mucho antes una familia con VIH era acompañada por sor Marie-Pascaline Ekosoni, Rscj. Si la persona no acepta su situación, vivir en esta condición a veces crea problemas psicológicos. Sor Marie-Pascaline en calidad de directa responsable, ofrece una escucha atenta con el fin de reforzar la autoestima y la resiliencia frente a esta enfermedad. Bajo el patrocinio de Santa María Magdalena Sofía Barta, las personas enfermas son llamadas con dignidad “Amigas de Sofía”, dentro de una verdadera familia espiritual libre de estigmatización. Más allá del acompañamiento espiritual, moral y psicológico ofrecen ayuda material (leche, harina de maíz, azúcar, arroz…) que, donado con amor, les permite mantenerse en forma y no sufrir el hambre durante el tratamiento.
Del sufrimiento al testimonio de la esperanza
Entre las "Amigas de Sofía", la señora Nouchka, que ahora tiene 35 años, ha aceptado compartir su historia. Nacida con el VIH, contrajo el virus de su madre que murió algunos años después de su nacimiento. Segunda de tres hermanos, todos enfermos, crecieron sin saber de su condición. “No éramos conscientes de nuestra situación. En el barrio la gente decía: estos son los niños cuya madre murió de VIH/SIDA”, recuerda. El más pequeño de la familia lamentablemente no sobrevivió. El rechazo familiar y social le ha dejado heridas profundas. Abandonada a sí misma, la señora Nouchka atravesó un periodo de gran sufrimiento, abandonó el tratamiento y cayó en depresión. “Ya no quería vivir”, ha confiado. Como muchas otras, vivía su estado como una vergüenza, un peso imposible para llevar. Una realidad compartida por numerosas personas que viven con VIH.
Un encuentro que devuelve la vita
El encuentro de la señora Nouchka con sor Marie-Pascaline Ekosoni marcó un momento decisivo en su vida. Acogida con respeto y benevolencia, escuchada sin ser juzgada ni condenada, la señora Nouchka poco a poco volvió a encontrar esperanza. “Este encuentro fue un rayo de esperanza. Volví a encontrar las fuerzas y decidí vivir”, ha testimoniado. A través de este acompañamiento ha descubierto un rostro de la Iglesia que cuida, levanta y restaura.
El recorrido de sanación no ha sido fácil. La señora Nouchka admite que ha atravesado momentos de rabia y rebelión: “Llegué a condenar a Dios y sobre todo a mi madre, cuando entendí la modalidad de la transmisión, porque podría haberse protegido”, ha declarado. Hoy es madre de un niño de tres años, seronegativo, gracias a un riguroso control médico. No obstante, el padre de su hijo lo haya rechazado y se haya ido, ella sigue con su recorrido con valentía y dignidad.
La señora Nouchka ahora rechaza vivir en la vergüenza. “Este estado de vida ya no es un hándicap para mí”, ha afirmado. Ahora está comprometida con sensibilizar a los otros, a animar la toma regular de fármacos y la responsabilidad en las relaciones humanas para proteger la propia vida y la de los otros. Se ha convertido en la voz de quien no tiene voz, agradecida con aquellos que le han vuelto a dar esperanza: “Doy las gracias a las hermanas Marie-Pascaline Ekosoni y Marie-Jeanne Elonga y todas sus hermanas del Sagrado Corazón de Jesús por su acogida. He entendido que el Corazón de Jesús acoge a todos y que a veces es la valentía de volver a este corazón que nos falta. He retomado mi lugar en la sociedad. Hoy camino con la cabeza alta. Aquellos que me aceptan, tal como soy ahora forman parte de mi familia”.
Un llamamiento a la acogida y a la compasión
A través del testimonio de la señora Nouchka, nadie es definido por su enfermedad. En este mundo bendecido y herido, el amor vivido concretamente, la acogida incondicional y la compasión, transforman las heridas en recorridos de esperanza. La acogida incondicional es el primero de los remedios. “Sueño con sensibilizar a miles de personas y lucho por un mundo sin VIH/SIDA”, ha añadido, concluyendo.
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