Misericordia en las calles de Ciudad de México
Hna. Susy Vera
En las calles de la Ciudad de México, una metrópoli marcada por contrastes profundos, la desigualdad, la pobreza, la marginación y la violencia estructural afectan a amplios sectores de la población. Entre los muchos grupos vulnerables que caminan por sus calles, se encuentra el de mujeres que, por diversas circunstancias de la vida, han caído en la prostitución. Detrás de cada una de estas mujeres hay historias complejas, marcadas muchas veces por la violencia, el abandono, la falta de oportunidades y la exclusión desde edades tempranas. Frente a esta realidad, las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor salen cada día a las calles, incluso en la noche, asumiendo los riesgos que implica esta misión. Su labor es caminar al lado, escuchar, acompañar y ofrecer una presencia que dignifica. Su mirada no juzga ni interroga el pasado; reconoce a la persona y su dignidad.
Es en este contexto Lucía Herrerías, misionera de la Fraternidad Misionera Verbum Dei, es invitada a colaborar con las Hermanas Oblatas para compartir la Palabra de Dios con estas mujeres:
“Cuando me invitaron a colaborar con las Oblatas del Santísimo Redentor en el apostolado que hacen con las mujeres en situación de prostitución, me atrajo la posibilidad de compartir la Palabra de Dios con los más pobres de los pobres... Con las más pobres de los pobres”.
Su testimonio confirma algo esencial: incluso en medio de situaciones profundamente duras, el corazón humano permanece abierto a Dios.
“Me impresionó desde el primer momento la apertura y sensibilidad que tienen estas mujeres a la Palabra de Dios. Cómo captan la misericordia de Dios y su cercanía, en medio de la situación tan dura que viven”.
Las Oblatas se acercan a estas mujeres en los lugares donde ellas trabajan y las invitan a actividades en las que reciben formación humana, alfabetización, atención a la salud, acompañamiento psicológico y formación en la fe.
“Cada una de ellas va haciendo su camino personal. Algunas logran irse formando y encontrando otras formas de vida, para otras es más difícil, pero en todo momento encuentran en las hermanas oblatas un lugar de acogida y de ayuda, en donde aprenden a descubrir su dignidad como personas y como mujeres, y a tomar sus propias decisiones”.
En este proceso, la Palabra de Dios se convierte en una fuente de esperanza y sanación interior.
“Me impresiona y me edifica constatar cómo Dios les habla a través de su Palabra, y les da esperanza, al irse sintiendo tan amadas por Él”.
Lucía narra una experiencia especialmente significativa que ilumina este camino:
“En una ocasión, en un retiro en preparación para la Navidad, le fui leyendo despacito y orientándola a una composición de lugar a una mujer que no sabía leer. Le pregunté al final qué había visto o sentido al estar delante del portal de Belén. Y me dijo que vio cómo la Virgen le entregaba al Niño y le decía que la quería mucho”.
Esta experiencia recuerda las palabras de Jesús cuando afirma que las prostitutas y los publicanos precederán a muchos en el Reino de los cielos:
“Muchas han tenido desde jovencitas una vida muy dura, pues a veces han sido los propios papás o los abuelos los que las obligaban a prostituirse desde su adolescencia”.
Lucía subraya también la importancia del lenguaje y de la mirada:
“Me parece importante resaltar que las hermanas se refieren a ellas no como prostitutas ni sexo servidoras sino como mujeres en situación de prostitución. La prostitución no es algo que son, sino una situación en la que están y de la que pueden salir, aunque el camino sea largo y difícil. En este camino, aprender a orar y descubrir cómo Dios les habla a través de su Palabra es una fortaleza y un impulso para seguir caminando hacia su libertad”.
Una Iglesia que se arriesga a mirar
La labor conjunta de las Hermanas Oblatas y de Lucía Herrerías es un testimonio vivo de lo que significa una Iglesia en salida. Una Iglesia que no espera en espacios seguros, sino que se arriesga a caminar por las periferias humanas. Una Iglesia que cree que la misericordia es una experiencia concreta que se encarna en gestos, palabras y miradas.
La mirada que transforma no es ingenua. No niega la dureza de la realidad ni romantiza el sufrimiento. Es una mirada que reconoce el dolor, pero no se queda atrapada en él. Es una mirada que ve posibilidades donde otros solo ven fracaso. Es, en definitiva, la mirada de Jesús, que sigue recorriendo hoy las calles a través de quienes se atreven a mirar como Él mira.
Hoy, más que nunca, nuestra sociedad necesita aprender esta mirada. Una mirada que no reduzca a las personas a su pasado, a sus errores o a sus circunstancias. Una mirada que reconozca la dignidad incluso allí donde parece haber sido borrada. Una mirada que transforme no solo a quien es mirado, sino también a quien se atreve a mirar desde el corazón de Dios.
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