En Venezuela celebraron los 416 años del Santo Cristo de La Grita
Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano
En los Andes venezolanos se celebró este 6 de agosto una de las festividades religiosas más importantes de la Iglesia en Venezuela: la fiesta del Santo Cristo de La Grita. La celebración reúne a miles de fieles en la población de La Grita, quienes acuden a venerar la imagen milagrosa con 416 años de historia. La misa de la Transfiguración del Señor fue presidida por el obispo de la Diócesis de San Cristóbal, monseñor Lisandro Rivas, quien reflexionó sobre la imagen del Cristo «donde contemplamos el rostro divino y humano de nuestro Redentor».
«En el corazón mismo de nuestra fe y cristología, el Santo Cristo de La Grita no es una mera representación artística ni un amuleto piadoso. Es la proclamación de la belleza artística y emocional de la verdad centrada en la revelación de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre», expresó el obispo Rivas en su homilía.
Al reflexionar sobre la espiritualidad de la imagen sagrada, monseñor Rivas destacó el profundo significado teológico que encierra la mirada de la venerada talla: «Es la serenidad de quien sabe que la muerte no tiene la última palabra. Es el rostro de Dios que, en medio del suplicio, perdona y abre las puertas del paraíso». En ella se contempla también al Resucitado, «quien convirtió la cruz en árbol de vida».
El Señor de nuestra historia
«Es el Dios omnipotente que se debilita por amor, demostrando que la debilidad de Dios es más fuerte que nuestra manera de actuar, pensar y relacionarnos los unos con los otros. Vemos al crucificado, pero adoramos al resucitado, al Señor de nuestra historia».
El obispo exhortó además a vivir una coherencia evangélica: «No podemos contemplar el rostro del Santo Cristo de La Grita y despreciar el rostro de los hermanos que están a nuestro lado, del que sufre, del que está en la cárcel o en el hospital».
«Es la serenidad de quien entrega la vida libremente por amor, sabiendo que la muerte no tiene la última palabra. Que los terremotos que tocaron nuestra tierra no tienen la última palabra —expresó el obispo—, que el sufrimiento de los privados de libertad, de los enfermos, de los abandonados, de los tristes, de los pobres y olvidados no tiene la última palabra. No es el rostro de la desesperación o del odio».
Magnifica humanitas, custodiar el rostro del prójimo
Continuando su reflexión sobre la devoción al Cristo, el obispo citó la carta encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV: «El Papa nos advierte sobre el peligro de la despersonalización. Vivimos en una época donde las personas corren el riesgo de perder sus rostros, convirtiéndose en simples estadísticas, en perfiles algorítmicos o en masa manipulable. Frente a esto, la teología del rostro nos recuerda que cada ser humano posee una singular revelación sagrada: Dios no nos ama en masa, nos ama uno a uno, llamándonos por nuestro nombre, reflejando su propio rostro en el nuestro, en el rostro de nuestros hermanos y en el rostro sufriente y a veces desconsolado de quienes han padecido las consecuencias de los terremotos».
Afirmó además que la devoción al Santo Cristo de La Grita en Venezuela es también una clave interpretativa de Magnifica humanitas: «Al mirar el rostro de Cristo, aprendemos a mirar el rostro de nuestros hermanos, el rostro de las personas con las cuales vivimos día a día. No podemos contemplar el rostro de nuestro Santo Cristo y despreciar el rostro del hermano que está a mi lado».
Examen de conciencia
«En la fisionomía de la imagen milagrosa -dice el obispo- se condensa toda la dignidad humana restaurada: Cristo asumió el rostro desfigurado del hombre pecador para devolvernos el rostro transfigurado de los hijos de Dios. No podemos decir que amamos el rostro del Santo Cristo si permanecemos indiferentes o si pisoteamos el rostro de nuestros semejantes. La verdadera devoción al Cristo de La Grita pasa por un examen de conciencia de cada uno de nosotros sobre cómo miramos y tratamos la dignidad de cada persona que sale a nuestro encuentro».
Al final de la ceremonia, el obispo dirigió un llamado por la libertad y las familias venezolanas. Monseñor Lisandro Rivas invitó a visibilizar la dignidad de cada persona humana e identificar la pasión del Señor en quienes hoy atraviesan momentos de dolor e incertidumbre. Exhortó además a reconocer a Cristo en quienes claman por la dignidad y la libertad de los presos políticos, de los oprimidos, olvidados y enfermos, y a escuchar el clamor de los jóvenes que anhelan un futuro de esperanza desde sus comunidades.
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