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En Ucrania, la guerra continúa desde hace ya casi cuatro años En Ucrania, la guerra continúa desde hace ya casi cuatro años

Si producir armas se convierte en un negocio “sostenible”

Hoy, una proporción cada vez mayor de los fondos de inversión que se presentan como “sostenibles” se destina a empresas productoras de armas. El caso europeo es el más llamativo, pero no el único. Resulta sorprendente darse cuenta de que, junto a tantas formas de financiar ciertos sectores, no se estén desarrollando instrumentos equivalentes para construir la paz. Los llamamientos del Papa León XIV por “el valor del desarme”.

Guglielmo Gallone – Ciudad del Vaticano

Una proporción cada vez mayor de los fondos de inversión que se presentan como “sostenibles” se destina hoy a empresas del sector de la defensa y de la producción de armas. Esto es posible porque los criterios ESG -es decir, los parámetros de evaluación que miden la sostenibilidad y el impacto extra-financiero de una empresa, analizando su desempeño ambiental, social y de gobernanza- no evalúan el tipo de producto que se fabrica, sino cómo se gestiona la empresa.

El caso europeo

De este modo, incluso un fabricante de armamento puede obtener una buena calificación ESG si reduce sus emisiones, cumple con las normas laborales y de seguridad para sus empleados y adopta reglas de transparencia en sus órganos de gobierno. Este fenómeno afecta a las industrias bélicas de diversos mercados financieros, desde Estados Unidos y Reino Unido hasta Asia, pero se concentra sobre todo en la Unión Europea. Aquí, la industria armamentística no solo es tolerada por decisión de los mercados, sino que se integra dentro de un marco público de finanzas sostenibles definido por ley, mediante categorías oficiales y un lenguaje normativo que la hace compatible con la sostenibilidad.

La Unión Europea ha creado una normativa específica -el Reglamento sobre Finanzas Sostenibles (SFDR)-, ha establecido categorías oficiales de fondos (“artículo 8” y “artículo 9”), las ha vinculado explícitamente al lenguaje de la sostenibilidad y, de este listado, decidió no excluir el sector de la defensa. La única excepción son los fabricantes de armas prohibidas por el derecho internacional -minas antipersona, municiones en racimo, armas químicas y biológicas-. Todas las armas convencionales siguen siendo admisibles y, gracias a esta clasificación, miles de millones de euros de capital privado fluyen hoy hacia la industria bélica.

Datos e investigaciones

Los datos de los principales proveedores de rating y análisis ESG lo demuestran. Según Morningstar (Bioy H., “EU ESG Funds’ Exposure to Defense Continues to Increase”, 15/08/2025), la exposición media a valores de defensa en fondos de acciones europeos clasificados como ESG (sobre todo los artículo 8 bajo la normativa SFDR, es decir, fondos que declaran promover características ambientales y/o sociales) creció del 0,6 % en 2022 al 2,5 % en 2025. Esto significa que una proporción cada vez mayor del dinero invertido en fondos declaradamente sostenibles se emplea hoy en acciones de empresas que producen armas, aviones militares, municiones o sistemas de armamento. En otras palabras: de cada 100 euros invertidos en un fondo ESG, aproximadamente 2,5 euros terminan en la industria de defensa, frente a menos de un euro hace tres años.

Además, alrededor del 43 % de los fondos de acciones ESG europeos tiene actualmente exposición a empresas del sector aeroespacial y de defensa. No se trata de casos aislados, sino de una práctica cada vez más común.

Lo mismo surge de los análisis de MSCI (Gangadia K., “Rethinking Defense Exposure in Sustainable Funds”, 16/6/2025), otro de los principales proveedores mundiales de calificaciones ESG: alrededor del 77 % de los fondos clasificados como “Artículo 8” y el 66 % de los “Artículo 9” -categorías oficialmente consideradas sostenibles por la normativa europea- presentan alguna forma de exposición al sector de defensa, incluidas armas convencionales. Esto significa que incluso los fondos que deberían promover objetivos ambientales y sociales pueden invertir, al menos en parte, en empresas que producen armamento, que cuando se utiliza provoca víctimas, destrucción y desastres ambientales.

Una investigación reciente del portal independiente Voxeurop, coordinada con El País, IrpiMedia y Mediapart (Michalopoulos G., Valentino S., “Cómo Europa hizo sostenible la industria del armamento”, 17/12/2025), analizó datos de 118 grandes empresas militares cotizadas en bolsa —las principales por capitalización mundial— y de 3.037 fondos clasificados como “verdes” que entre 2021 y 2025 incorporaron títulos de defensa en sus carteras. Hace cinco años, el valor total de estas inversiones era de 14,5 mil millones de euros; en 2025 alcanzó los 49,8 mil millones, más que triplicándose en cuatro años. El aumento más marcado se da entre 2024 y 2025, cuando la proporción de inversiones casi se duplica.

En el mismo período, el valor de mercado total de las empresas de defensa analizadas alcanzó aproximadamente 3.000 mil millones de euros, cifra comparable al PIB de Francia. Solo en 2025, 769 fondos ESG generaron unos 7 mil millones de euros en beneficios mediante la compraventa de valores militares y la distribución de dividendos.

Todo un mundo diferente

A este punto, uno podría preguntarse si no es paradójico que fondos de inversión clasificados como sostenibles se destinen a quienes financian el mercado menos sostenible del mundo: la guerra. Inicialmente, los fondos ESG excluían de sus inversiones a las empresas de defensa, al igual que algunos bancos. Pero el mundo, especialmente tras el inicio de la guerra de agresión contra Ucrania, ha cambiado y sigue cambiando a velocidad vertiginosa.

En una Europa cada vez más fragmentada y frágil, donde el aliado tradicional, Estados Unidos, promueve cierto desinterés militar, el tema de la seguridad ha vuelto al debate público.

No podemos olvidar, sin embargo, lo que escribió el Papa León XIV en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2026: «Se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y universidades, así como en medios de comunicación, que difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y seguridad».

Igualmente vale la pena recordar otras palabras del Papa, pronunciadas el 26 de junio de 2025 en la 98ª Asamblea Plenaria de la ROACO (Reunión de Obras de Ayuda a las Iglesias Orientales): «¿Cómo se puede continuar traicionando los deseos de paz de los pueblos con las falsas propagandas del rearme, en la vana ilusión de que la supremacía resuelve los problemas en lugar de alimentar odio y venganza? La gente es cada vez menos ignorante de la cantidad de dinero que va a los bolsillos de los mercaderes de la muerte y con el cual se podrían construir hospitales y escuelas; ¡y en cambio se destruyen los que ya existen!».

Y ciertamente no tranquiliza saber que las armas con las que se destruyen hospitales y escuelas se producen de manera “sostenible”.

Defensa y sostenibilidad

Por otra parte, algunos se preguntan si, en un contexto de amenazas tan concretas como híbridas, el significado de “defensa” no está asumiendo progresivamente una acepción más amplia. Hoy, junto a la producción de armamento tradicional, el sector incluye la protección de infraestructuras críticas, redes de comunicación, sistemas digitales, instalaciones sanitarias, circuitos financieros y redes energéticas, es decir, actividades cada vez más vinculadas a la noción de seguridad nacional. Para muchos, invertir en seguridad y defensa puede verse hoy como invertir en la “sostenibilidad” de un país.

¿Qué instrumentos para la paz?

Sin embargo, resulta sorprendente que, junto a tantas formas de financiar a los fabricantes de armas —dándoles además el sello de “sostenibilidad”—, no se desarrollen instrumentos equivalentes para construir la paz. Herramientas que pasan por la diplomacia, una política exterior común, un esfuerzo mayor de diálogo y escucha, así como serios intentos negociadores y respeto al derecho internacional (invocado a menudo solo cuando conviene).

El hecho es incontestable: hoy el mundo atraviesa el mayor número de conflictos armados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Según el Global Peace Index del Institute for Economics & Peace, hay al menos 56 guerras y conflictos activos, con efectos devastadores sobre el medio ambiente, la sociedad y las instituciones.

Más de cuatro años de guerra en Ucrania han provocado, según un detallado informe de la Initiative on Ghg Accounting of War (De Klerk L.; Shlapak M.; Zibtsev S.; Myroniuk V.: “Climate Damage Caused by Russia’s War in Ukraine, 24 February 2022 – 23 February 2025”, 10/2025), la emisión de 230 millones de toneladas de CO₂, nivel comparable a las emisiones anuales combinadas de Austria, Hungría, República Checa y Eslovaquia.

La guerra en Sudán provoca la mayor crisis humanitaria del mundo: más de 30 millones de personas necesitarán asistencia humanitaria y hay al menos nueve millones de desplazados internos. En Gaza, la guerra ha devastado la Franja, causando 70.000 muertos y afectando la gobernanza más básica: la capacidad de operar servicios e instituciones. El Banco Mundial estima daños y necesidades de reconstrucción por 53.000 millones de dólares.

Aunque hoy el sector de armas no se limite solo a tanques y municiones, cada tipo de arma y producción bélica representa un obstáculo para la sostenibilidad.

¿Cómo evitar la guerra?

La pregunta deja de ser retórica: ¿cuál es la mejor forma de evitar la guerra? ¿La disuasión, con inversiones en defensa y seguridad consideradas incluso “sostenibles”, o la diplomacia, el diálogo y la escucha, cada vez más escasos en las cancillerías europeas?

Durante la vigilia de oración del 11 de octubre de 2025, León XIV dijo: «La paz es desarmada y desarmante. No es disuasión, sino fraternidad; no es ultimátum, sino diálogo. No vendrá como fruto de victorias sobre el enemigo, sino como resultado de siembras de justicia y de perdón valiente. “Guarda la espada” es una palabra dirigida a los poderosos del mundo: ¡tengan la audacia del desarme!».

¿Cómo y por qué hemos alcanzado esta escalada en pocos años? ¿Se puede aún revertir la trayectoria? ¿Con qué instrumentos? Y sobre todo, una vez rearmados al máximo de capacidades industriales y estratégicas, cuál será el próximo paso: ¿funcionará mejor el diálogo o todos se sentirán invencibles, listos para combatir?

Quizás, más que los manuales de estrategia, la literatura nos da otra vez una lección. En El desierto de los tártaros, Dino Buzzati describe un ejército que pasa la vida esperando un enemigo, construyendo su identidad sobre la amenaza y la preparación para la guerra. Cuando finalmente llega el enemigo, ya es demasiado tarde para dar sentido a la espera. La Fortaleza Bastiani se convierte así en la metáfora de un mundo que se arma para sentirse seguro y termina viviendo solo en función de la guerra. La pregunta de hoy sigue siendo la misma: ¿prepararse para el conflicto realmente evita la guerra, o simplemente la hace más probable?

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31 enero 2026, 11:00