Siria: nuncio Cona espera que los cristianos permanezcan como puente de diálogo
Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano
Los cristianos sirios esperan al nuevo nuncio apostólico, monseñor Luigi Roberto Cona, nombrado por León XIV el pasado 19 de marzo. El diplomático vaticano, que asume el encargo desempeñado durante diecisiete años por el cardenal Mario Zenari, llegará al país, marcado por fragilidades sociopolíticas y por los temores de una escalada bélica en Medio Oriente, el próximo 21 de mayo. Desde El Salvador, donde aún se encuentra estas semanas, responde a las preguntas de los medios vaticanos:
Excelencia, ¿con qué espíritu se dispone a emprender esta nueva misión como representante pontificio en Siria?
Ante todo, con gratitud al Santo Padre. Me ha dado la posibilidad de regresar a Medio Oriente, ya que estuve tres años en Ammán, del 2014 al 2017. Por lo tanto, regreso a esa región con mucha alegría, estoy realmente contento. Hay tantos elementos hermosos de la cultura mediooriental.
Podré servir más de cerca a las comunidades cristianas presentes allí; por eso estoy contento, sereno y confiado en que, con la ayuda de Dios, se pueda realizar un buen servicio por el bien de esa Iglesia y de ese pueblo.
Cuéntenos algo más de aquella experiencia en Jordania. ¿Qué ha conservado más íntimamente como don recibido de esos pueblos medioorientales?
Para mí fue una experiencia verdaderamente enriquecedora, tanto como sacerdote como, sobre todo, como cristiano, porque llegué a Jordania al inicio de la guerra de Daesh y, en los tres años que estuve allí, con la ayuda de diversas instituciones humanitarias y también de algunas embajadas acreditadas ante Jordania, así como de manera especial de la Conferencia Episcopal Italiana, pudimos atender a unos diez mil desplazados iraquíes que huían de Mosul. Venían a Jordania en busca de refugio, lamentablemente a la espera de nuevos destinos.
De hecho, la totalidad de esas personas fue a Europa y la mayoría a América -entre Estados Unidos y Canadá- y a Australia. Fue una experiencia maravillosa porque se veía cómo estos cristianos, que habían presenciado tantas atrocidades, habían preferido dejarlo todo antes que abandonar su fe en Cristo. Consideré un deber asistirlos y ayudarlos, procurando atender todas sus necesidades. Esto me enriqueció muchísimo a nivel humano, al tocar con la mano lo que significa dejarlo todo por amor a Cristo. Fue algo realmente hermoso.
Los cristianos en Siria se sienten continuamente en la encrucijada entre permanecer o encontrar un canal de escape. ¿Qué será de su futuro?
Por el momento no tengo muchas noticias ciertas porque aún debo llegar. Espero que se creen las condiciones para que puedan permanecer. También muchos musulmanes en Siria, e incluso responsables del país, consideran que la presencia cristiana en Siria es una riqueza que debe ser garantizada no solo desde el punto de vista cultural o artístico -considerando también los vestigios cristianos que allí se conservan- sino como una presencia importante en sí misma.
La comunidad cristiana ha sido siempre una comunidad-puente que ha favorecido el diálogo y que ha dado valiosos aportes a la construcción del país, también desde el punto de vista jurídico, administrativo y empresarial. Espero que estas competencias y cualidades permanezcan y puedan ser la base para construir un país más rico, no solo desde el punto de vista económico, sino también cultural y, principalmente, humano, relacionándose con los demás sirios, con los sirios de otras confesiones, de manera igualitaria.
Siria es un país con un largo pasado de guerra civil que busca con dificultad una vía de estabilización. ¿Cómo piensa, como nuncio apostólico, cooperar con el gobierno que sucedió a Bashar al-Assad?
Hay una población, mosaico de culturas y credos, que vive en el temor constante de represalias y actos de violencia por parte de extremistas. ¿Cómo se podrá reconstruir una ciudadanía y una participación en el liderazgo político?
Creo que el Santo Padre León ya ha dado una orientación fundamental. Varias veces, en los últimos Ángelus, ha reiterado la centralidad y la urgencia de volver al diálogo. Con la guerra todo se pierde; este es un poco el magisterio de los sumos pontífices del último siglo. Con la paz todo es posible. Y el fundamento de la paz es el diálogo entre las diferencias para encontrar puntos de encuentro. Desde ahora doy mi plena y absoluta disponibilidad para favorecer espacios de encuentro y diálogo para poder construir juntos, uniendo fuerzas, insistiendo no tanto en lo que nos divide, sino en lo que nos une. Porque es precisamente lo que nos une la base para construir un futuro mejor.
Quisiera recordar también el terremoto que hace tres años golpeó Siria y Turquía. ¿Cuál es su pensamiento para quienes aún no tienen techo?
Sin duda, una de las misiones de la Nunciatura apostólica es colaborar y promover el bienestar del pueblo al que es enviada por el Santo Padre. Por ello trataré de activar iniciativas, si es posible elaborar proyectos de reconstrucción. Procuraré ponerme a disposición en la medida de lo posible para favorecer condiciones de vida más dignas para las personas que todavía sufren por la pérdida de sus viviendas.
El ejército sirio informó que una de sus bases fue atacada por misiles lanzados desde Irak. En los últimos días la aviación israelí golpeó Serghaya, en el Antilíbano entre la región de Damasco y el valle de la Bekaa. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos señaló un ataque con drones contra la base estadounidense de Harab al-Jir, en el norte de la provincia de al-Hasakah. En este contexto tan delicado, ¿qué escenarios vislumbra para Siria? ¿Cree que seguirá siendo lo que aún hoy se tiende a considerar el único país “tranquilo” en Medio Oriente?
Sí, espero que los gobernantes hagan todo lo posible por no responder a estas provocaciones y que opten más bien por el diálogo pacífico, sin responder “ojo por ojo, diente por diente”.
La escalada bélica hace temer que la diplomacia esté fallando en su tarea de mediación. ¿Qué piensa usted?
Estoy convencido de que la diplomacia sigue siendo muy activa. Un gran diplomático pontificio, el cardenal Sodano, hablaba de una “diplomacia de la ausencia”, es decir, una diplomacia que permanece activa en el silencio, tan activa y tan silenciosa que parece ausente. Esto no significa que no se esté trabajando. Estoy convencido de que es mejor trabajar en el silencio, en la penumbra, que mediante acciones llamativas que a veces pueden resultar contraproducentes.
Hace cuarenta y seis años el arzobispo salvadoreño Óscar Romero fue asesinado mientras celebraba misa en la pequeña capilla del hospital oncológico La Divina Providencia, en San Salvador. Canonizado en 2018, permanece su legado de defensa de los derechos humanos en los años previos a la guerra civil (1980-1992), que causó la muerte de unas 75.000 personas. Hoy, ¿qué es lo que más se echa de menos de una figura como la suya?
Lo que más falta es ver a un pastor que no esté alineado. Lamentablemente, san Óscar fue instrumentalizado por corrientes políticas opuestas que pensaban que era su santo, su campeón. En realidad, san Óscar actuaba no por ideologías: defendía los derechos humanos porque es una exigencia pastoral, forma parte del Evangelio y también de la Doctrina Social de la Iglesia.
En su lucha desarmada y pacífica no hacía otra cosa que responder a la llamada que le venía de la misión pastoral recibida. Me impresiona su imagen: fue asesinado mientras celebraba la misa, en el momento del ofertorio. Tenía en sus manos las hostias, levantaba la patena y vio claramente frente a sí al asesino. Me conmueve esa imagen de este sacerdote, de este arzobispo que, ante el riesgo de perder la vida, no retrocede, no huye, no se esconde, sino que permanece allí afrontando su destino. En esas hostias que ofrecía entregaba su propia vida a la misericordia de Dios. Lo que a veces falta es precisamente ese coraje de pastores formados por la Doctrina Social de la Iglesia y por la caridad pastoral que viene del Evangelio, capaces de entregarse por el bien del pueblo y por la salvación no solo corporal, sino también espiritual.
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