Segunda sesión del Consistorio extraordinario: la fe en Cristo no es solo teoría
Vatican News
La sesión de esta tarde comenzó a las 16:00 horas en la Sala Pablo VI, moderada por el cardenal Siongco David, quien, al dar inicio a los trabajos, recordó la dolorosa situación de Venezuela y las numerosas víctimas del terremoto ocurrido en las últimas horas. El Papa León XIV estuvo presente al inicio de la sesión, y luego regresó a la sala para la sesión plenaria según informa la Oficina de Prensa de la Santa Sede.
Tras la oración común, el cardenal presentó la sesión, titulada «La cultura del poder y la civilización del amor», dedicada a la reflexión sobre el capítulo V de la encíclica Magnifica humanitas, para luego ceder la palabra al cardenal Fernández, quien pronunció su ponencia introductoria. Al término, tras un momento de silencio y oración, el cardenal David volvió a tomar la palabra y dio inicio a los trabajos en los grupos, según las modalidades establecidas, que se prolongaron, con una pausa, hasta las 18:20 horas.
Once grupos presentaron sus informes en el pleno: los ocho del primer grupo y los tres del segundo.
Las intervenciones de todos los grupos pusieron de manifiesto una profunda conciencia de los retos críticos de la época actual, de la fuerza deshumanizadora de la cultura del poder, de su universalidad, de la tentación de ajustarse a las lógicas de los poderosos, de normalizar la guerra y la polarización, lo que conduce a una reducción del umbral de tolerancia frente a la violencia y a una peligrosa simplificación en la búsqueda de soluciones. Además, todos los grupos han expresado la profunda y urgente responsabilidad que supone la construcción de la paz y de la civilización del amor. Muchos han subrayado que esto requiere un testimonio creíble, ante todo en la Iglesia, de un lenguaje diferente que considere a todos como personas, no como «otros», un lenguaje hecho de escucha, perdón, reconciliación, justicia reparadora y gestos, capaz de llegar al corazón de hombres y mujeres, de quienes se encuentran en conflicto, y abrirlo a la comprensión de las heridas generadas por el propio conflicto; un lenguaje que facilite la búsqueda de la unidad en la Iglesia.
En este sentido, varios grupos han subrayado que dicho testimonio debe ser conjunto, de todos los cristianos, para que resulte creíble. En el mismo contexto se ha hablado de la necesidad del diálogo con otras confesiones y religiones, especialmente con el islam, de la implicación de las instituciones internacionales y, en una época en la que la globalización de la indiferencia nos hace insensibles al sufrimiento ajeno, de la llamada a cada hombre y cada mujer a asumir la responsabilidad de la construcción de la paz. Desde esta perspectiva, todos los grupos destacaron el papel central de la fe en Cristo, del Evangelio que cambia el mundo cuando no se acepta que sea solo teoría, y de la vocación originaria de la Iglesia, ya que existen situaciones que, para ser abordadas, requieren la intervención de Dios. Algunos grupos, en esta línea, señalaron la labor de la Iglesia en Tierra Santa y en Europa del Este.
Se habló del papel del poder político, libre de la relación tóxica con el poder económico; de la familia y la educación; de la dificultad para salir de la lógica de las respuestas inmediatas, en lugar de la realización de proyectos duraderos; y de una audaz labor de evangelización, porque la determinación proviene del Evangelio, de la vida y de la fe. Varios grupos mencionaron el papel de la diplomacia de la Santa Sede y de los nuncios a la hora de hacer oír la voz de la Iglesia.
Numerosos grupos coincidieron en la necesidad de superar la lógica de la «guerra justa», ya que el Evangelio no se impone por la fuerza, y de hablar más bien del derecho a una defensa proporcionada.
De muchas de las ponencias se desprendía una profunda gratitud hacia el Santo Padre por la encíclica y el compromiso unánime de apoyarlo y sumarse a su llamamiento a la paz y a su condena de la guerra.
En este contexto se inscribe también la reflexión sobre el munus petrino, garantía de la independencia de la Iglesia respecto a la autoridad política, y la necesidad de gestos que, en estos tiempos, puedan ser iconos de paz.
Al término de las ponencias de los grupos de trabajo, el tiempo restante se dedicó a algunas intervenciones personales sobre los temas de la sesión. Los cardenales hablaron del testimonio cristiano como vía para cambiar la mentalidad y la cultura; agradecieron de nuevo el espacio de intercambio y comunión que representa el Consistorio; se refirieron a la necesidad de trabajar junto a los líderes de otras religiones para afirmar la civilización del amor; y comentaron cómo las severas palabras del Papa en la encíclica sobre el retraso de la Iglesia a la hora de condenar la esclavitud han abierto el corazón de millones de personas al Evangelio, aportando luz y esperanza a la Iglesia; de cómo la encíclica es una llamada personal dirigida a todos, pero ante todo al Colegio Cardenalicio, para asumir la responsabilidad de la construcción de la paz; de las expectativas de los hombres y las mujeres; y de la necesidad de símbolos, como lo fue el Encuentro de Oración por la Paz convocado por Juan Pablo II en Asís en 1986.
Al término de la sesión, hacia las 19:30, el Papa León dirigió la oración final.
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